Le reconozco a este cuento de terror sibilino ciertos momentos brillantes para quienes disfrutamos con películas del género. Más allá del elogio burdo a Rosemary’s Baby (Polansky,1968) que funciona más como excusa que como base argumental y la sentimental más que eficiente, algo no disimulado, puntada final a Psycho (Hitchcock,1960), la realizadora barcelonesa Mar Targarona funciona con luz propia y se muestra en planteamiento y nudo con efectividad, manteniendo firme el pulso del relato, sin titubeos. Incluso Belén Cuesta se gana con ganas el foco protagonista sin que nadie le haga sombra. Nada que achacar. Pero en mi opinión, es el desenlace la falla en la película, dando la impresión, esa que tanto fastidia, de que el guión no sabe finalizar el baile sin pisarnos un pie. La media hora final, los truculentos ritos de bañera elegante, la navaja de afeitar amenazadora en manos de la protagonista, la hija oriental de los vetustos y diabólicos alemanes, la batidora y una suerte difusa de...
Cápsulas cinematográficas.