Le reconozco a este cuento de terror sibilino ciertos momentos brillantes para quienes disfrutamos con películas del género. Más allá del elogio burdo a Rosemary’s Baby (Polansky,1968) que funciona más como excusa que como base argumental y la sentimental más que eficiente, algo no disimulado, puntada final a Psycho (Hitchcock,1960), la realizadora barcelonesa Mar Targarona funciona con luz propia y se muestra en planteamiento y nudo con efectividad, manteniendo firme el pulso del relato, sin titubeos. Incluso Belén Cuesta se gana con ganas el foco protagonista sin que nadie le haga sombra. Nada que achacar. Pero en mi opinión, es el desenlace la falla en la película, dando la impresión, esa que tanto fastidia, de que el guión no sabe finalizar el baile sin pisarnos un pie. La media hora final, los truculentos ritos de bañera elegante, la navaja de afeitar amenazadora en manos de la protagonista, la hija oriental de los vetustos y diabólicos alemanes, la batidora y una suerte difusa de brochazos lanzados con prisa pero sin gracia, deshidratan en parte el fluido malévolo preparado en la marmita de Targarona. Y sin embargo hay que reconocer que durante sesenta minutos, más menos, he disfrutado de una línea narrativa a la que le he sacado más influencias de una novela de Stephen King o de un film de la primera época de David Cronenberg que de la pretendida La Semilla del Diablo. Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad, una frase del genio Lovecraft, que abre la trama y que va más allá del propio terror que alumbra esta película. Tal vez sea fácil echar de menos un final más brillante y no valorar el peso de un relato al que alguien quiso vincular con una obra maestra del cine, única e insuperable. Lo injusto de las comparaciones. Siempre resultan odiosas. El Cuco debería haber despegado en solitario, sin etiquetas, ni emulaciones gratuitas. Y no olviden que intercambiar su casa con extraños, entraña un riesgo.
Le reconozco a este cuento de terror sibilino ciertos momentos brillantes para quienes disfrutamos con películas del género. Más allá del elogio burdo a Rosemary’s Baby (Polansky,1968) que funciona más como excusa que como base argumental y la sentimental más que eficiente, algo no disimulado, puntada final a Psycho (Hitchcock,1960), la realizadora barcelonesa Mar Targarona funciona con luz propia y se muestra en planteamiento y nudo con efectividad, manteniendo firme el pulso del relato, sin titubeos. Incluso Belén Cuesta se gana con ganas el foco protagonista sin que nadie le haga sombra. Nada que achacar. Pero en mi opinión, es el desenlace la falla en la película, dando la impresión, esa que tanto fastidia, de que el guión no sabe finalizar el baile sin pisarnos un pie. La media hora final, los truculentos ritos de bañera elegante, la navaja de afeitar amenazadora en manos de la protagonista, la hija oriental de los vetustos y diabólicos alemanes, la batidora y una suerte difusa de brochazos lanzados con prisa pero sin gracia, deshidratan en parte el fluido malévolo preparado en la marmita de Targarona. Y sin embargo hay que reconocer que durante sesenta minutos, más menos, he disfrutado de una línea narrativa a la que le he sacado más influencias de una novela de Stephen King o de un film de la primera época de David Cronenberg que de la pretendida La Semilla del Diablo. Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad, una frase del genio Lovecraft, que abre la trama y que va más allá del propio terror que alumbra esta película. Tal vez sea fácil echar de menos un final más brillante y no valorar el peso de un relato al que alguien quiso vincular con una obra maestra del cine, única e insuperable. Lo injusto de las comparaciones. Siempre resultan odiosas. El Cuco debería haber despegado en solitario, sin etiquetas, ni emulaciones gratuitas. Y no olviden que intercambiar su casa con extraños, entraña un riesgo.


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